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¿Por qué? ¿Para qué?

¿Por qué? ¿Para qué?

Mi adolescencia y juventud la viví en la Avenida Vicuña Mackenna. Ahí cerca del Parque Bustamante, del cine Regina, de la Fuente de Soda Munchen, de la señora Maria, de la piscina Mundt, del cine Baquedano y Normandie, de los pool y los billares Alonzo, del mítico Hotel Valdivia y la boite La Sirena y donde había tantos otros lugares que visitábamos con frecuencia. Los domingos en la mañana, nos poníamos más seriesitos y nos íbamos a la iglesia de La Asunción a encomendarnos al Ser Supremo, y a la salida tratábamos de abordar, con cara de enamorados, a las chiquillas de la época.

La charla dominical del cura Lecourt era fuerte, decidora y reflexiva y nos hacía repensar sobre nuestra existencia. En la iglesia La Asunción, también seguíamos el mes de María y otras festividades religiosas.

Con el inexorable paso del tiempo, me alejé del sector y sólo volví a esa parroquia para dar el adiós definitivo a algún amigo o colega profesional. Siempre al entrar a ella, me llené de recuerdos y también de nostalgia de años que no volverán. Ahí estaba La Asunción, cómo siempre. Igual que siempre, si parecía que los años se habían detenido en su interior y en su frontis y nos llevaba a un pasado que nos parecía tan cerca y ya estaba tan lejos.

Hoy ha sido quemada y destruida y nadie sabe por qué y para qué. Sólo los que vivimos en ese recinto, parte importante de nuestras vidas, sentimos que el tiempo ha pasado y que el país ha cambiado y para algunos la violencia es el único lenguaje. Una lástima, aunque nadie podrá explicar por qué y para qué pateamos el tiempo ido, sin tener nada que reemplace, y lo que es peor exhibiendo un vandalismo, al que no estábamos acostumbrados. Ni antes, ni ahora.

Alfredo Lamadrid B.

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